Poetica Mortis

✦ Cripta de versos ✦

La Herida del Cáliz
Noche de difuntos, año de la peste
En la penumbra del altar vacío, donde el incienso es humo de un error, tú me tomaste, hostia de un hastío, y entre reliquias me enseñaste amor. Tus dedos, largos como cirios pálidos, rasgaron el breviario de mi piel. Tus labios, un rosario de escándalos, bebieron de mi fuente como un fiel que olvida a Dios en giro sacrílego, mordiendo la frescura de la hiel. Ardió la cera sobre el misal roto, la cruz se fue torciendo hacia el ciprés. Tu hábito caía como un lodo que viste de mortaja y de revés. Y en el confesonario, gótico y sordo, pecamos con latidos de mercés. Afuera, un perro aullaba a las estrellas; la luna se manchaba de clavel. No había ángeles, solo tus cadenas mordiendo mi cintura de papel. Y un Cristo de marfil, entre las penas, nos daba la espalda para ser fiel. Oh, amor más negro que el abismo clásico, más dulce que la hostia sin piedad: tu mano sobre mi garganta —plástico de una cruel y torva santidad— y el órgano rugiendo un himno extático, mientras caía la noche por mi edad. Hoy sé que el cielo es un costado hueco, y el infierno, el lugar donde te vi. Tu nombre es un latigo y un eucalipto, y en cada confesión me pierdo en ti. Amor de monje y de clavel marchito, religión de la herida, sálvame ahí.
Réquiem para un hereje
Madrugada de ceniza
Te fuiste como un arcángel derrocado, dejando el confesonario lleno de alquitrán. Yo quedé arrodillado ante tu puesto vacío, hombre de niebla y de hostia sin consagrar. Tus ojos eran dos cuchillos de misa rota, tu boca un evangelio que solo yo sabía morder. Ahora tus pasos son un eco que azota las losas del convento donde aprendí a arder. He robado un botón de tu sotana rota. He lamido la sangre de tu navaja de afeitar. Tengo un frasco con las uñas que cortaste aquella noche, y un mapa de tus cicatrices para nunca olvidar. Te busco entre los cirios de un velorio ajeno. Te huelo en las sotanas de los curas más viejos. Te escribo cartas con ceniza y veneno y las clavo en la puerta de los espejos. Dios me mira con asco desde un vitral borroso. Tú me miras con nada desde el hueco de tu adiós. Y sigo confesándome a solas, tembloroso, diciéndole a la pared lo que te hicimos los dos. He colgado tu retrato en el altar del odio. Le he prendido velas negras con forma de falo y cruz. Rezo para que sufras, pero más rezo para que a mediodía recuerdes mi lengua en tu nuca, como una espina de Jesús. No duermo. Cuento las vértebras que dejaste en mi cama. No lloro. Es demasiado tarde para lagrimas de sal. Solo río cuando veo a algún novicio que se parece a tu espalda, y lo sigo hasta el claustro, y lo encierro, y le llamo tu nombre. Oh, hombre de niebla y de hostia sin consagrar, rey de un reino de abandono y de hiel: tu recuerdo es un dogal que no deja de apretar, y yo el ahorcado que aún besa el cadáver fiel. No hay redención. Solo esta cripta donde te nombro en cada exhalación, como un poseso que reza mal. Te fuiste. Y desde entonces arrastro tu otro nombre: aquel que me diste al irte: mi animal.
Mañana en tus manos
Amanecer de una promesa
No quiero un altar de sombras ni velas negras, quiero la claridad de tus ojos al abrir la puerta. Quiero que sea de día, que llueva o que truene, pero que el cura nos mire sabiendo que esto es cierto, que no es un exorcismo ni un conjuro, sino la fiesta más simple del mundo: tú y yo diciendo sí mientras nos tiemblan las manos. He soñado con tu apellido pegado al mío como dos lunas que aprendieron a girar juntas. He probado tu nombre en voz alta con el mío detrás, y suena a casa, suena a llave en la cerradura, suena a nevera abierta a las dos de la madrugada, a sábanas revueltas, a café recién hecho, a esa paz que no necesita ángeles ni santos porque ya nos tenemos nosotros. Quiero llegar al civil con las manos vacías pero el corazón lleno de planes pequeños: elegir cortinas, pelear por el control remoto, aprender a decir nosotros sin equivocarme, envejecer contigo como envejecen los árboles: sin prisa, sin pose, hundiendo las raíces. No te pido una iglesia de piedras ni milagros. Te pido que me esperes al final del pasillo, con esa sonrisa que guardas solo para mí, y que me digas sí aunque ya lo hayas dicho cada noche, cada despertar, cada silencio compartido. Que firmemos un papel que no cambie nada porque todo ya es tuyo desde antes de la primera cita. Hoy quiero ser tuyo ante la ley, ante el tiempo, ante la duda que nunca llegó, ante los días buenos y los que todavía duelen. Quiero que mi anillo lleve tu calor, y el tuyo el mío, y que al mirarlos sepamos que este amor no fue un espejismo, sino la única certeza que nos dio la vida: que te tengo, y que contigo quiero todo lo que venga, incluso lo que venga. Sí, amor. Sí. Mañana. En una sala pequeña, con testigos y risas. Cásate conmigo.

✦ Susurros de la Autora ✦

Carta de la niebla y la ternura
En la hora del crepúsculo
Escribir es, a veces, intentar atrapar la niebla con las manos. Pero contigo he aprendido que hay bellezas que no necesitan ser atrapadas, solo reconocidas. Y esta carta no es más que eso: el intento torpe y necesario de poner en palabras lo que habita en la penumbra de mis días desde que tú estás en ellos. No sé si alguna vez te lo he dicho así, pero tu presencia tiene para mí esa cualidad de lo antiguo y lo verdadero. Como una catedral en la hora del crepúsculo: imponente, silenciosa, llena de una paz que duele un poco porque recuerda a la eternidad. Tú eres mi refugio en el claustro ruidoso del mundo. No me salvas de nada, y eso es justo lo que me salva: que a tu lado no necesito ser salvado, solo ser. Y ser, contigo, es suficiente. A veces me asalta la melancolía. No es tristeza por lo que falta, sino gratitud por lo que tenemos, vestida de asombro. Pienso en lo frágil que es todo, en lo fácil que hubiera sido no encontrarnos, y me parece un milagro callado que nuestros caminos se cruzaran justo en el punto exacto del mapa donde uno ya casi había dejado de buscar. No te prometo jardines siempre verdes. No te prometo una dicha que ignore la sombra. Lo que te ofrezco es más humilde y, creo, más verdadero: quiero ser el que camina a tu lado cuando el camino se llene de hojas secas. Quiero ser la mano que sostiene la tuya cuando el frío apriete. Quiero ser, si me lo permites, el eco de tu risa en los días grises y el pequeño faro que te recuerde, en tus noches oscuras, que no estás sola. Gracias por quedarte. Gracias por la ternura de tus gestos pequeños, esos que no ven los demás pero que para mí son como hostias consagradas en la liturgia secreta de nuestro día a día. No sé qué traerá el mañana. Pero sé que, pase lo que pase, quiero que me encuentres a tu lado. No como quien resuelve la vida, sino como quien sabe que la vida, compartida, ya es una respuesta. Con toda la ternura que mis torpes palabras puedan contener, Tuyo/a.
El privilegio perdido
Noche sin luna, año de la demencia
Hubo un tiempo en que amarte me fue concedido, como una gracia divina en medio de un mundo ruinoso. Mis manos, entonces, podían rozar tu sombra sin que el cielo se desplomara. Mis labios, pronunciar tu nombre sin que el eco sonara a sacrilegio. Tenía el privilegio. El único latido que valía la pena. Pero lo perdí. No sé si fue mi sangre podrida, mis pasos fuera del sendero de los justos, o si acaso los dioses que habitan las grietas de este mundo simplemente se cansaron de verme dichoso. Lo cierto es que un día desperté y el pacto estaba roto. Ya no me era lícito amarte. Ya no me era dado acercarme a ti sin que las sombras me arañaran las entrañas. Y sin embargo —oh, condena— el deseo no murió con el permiso. Porque ahora, en esta noche perpetua donde habito, amarte se ha vuelto un acto demencial. No romántico. No sublime. Demencial. Como querer abrazar un fantasma sabiendo que atravesará tu pecho. Como invocar a un dios muerto en un templo derruido. Como besar una estatua de hielo hasta que los labios se te quemen. Cada latido que aún te nombra es una grieta en la cordura. Cada pensamiento que te dibuja es un pasillo que se alarga hacia el vacío. Pero no puedo evitarlo. Y eso es lo más horrible: saber que perdí el derecho, saber que el amor se ha vuelto locura, y aún así, en el rincón más lúgubre de mi espíritu, seguir sintiendo que amarte es la única cosa genuina que me queda, aunque sea el acto más insano de este mundo y del otro. He perdido el privilegio de amarte. Y hoy, amarte es demencial. Pero dime, fantasma mío… ¿Acaso la cordura vale más que este hermoso y terrible delirio?

✦ Biografía de una fantasma ✦

Yo, la simple mortal del otro lado, de la cual su nombre es añorado por almas perdidas y ubicación desconocida, con influencias diversas y desconocidas, un paradero psicológico que aún se tramita.

— La vida es solo el adorno de nuestra alma —